Hipócrates salvaba a una mujer de su condena y Macchi divagaba con su
joystick entre diapositiva y diapositiva.
Parecía pegada al piso, tanto me convencí de ello que casi me olvido
de verificarlo. Vaya sorpresa me llevé al poder levantarla.
Pero no me produjo nada más que la fugaz sonrisa de haberla encontrado.
Le estuve buscando un sentido largo rato, inventándole recuerdos
asociados para hacerla más importante, pero nada. Nada de nada.
Finalmente, me resigné y la guardé entre monedas de un peso y lobos
marinos.
El dilema de la arandela sin significado me siguió repicando en la
cabeza, pero allí se quedó hasta que te vi.
Ese día no venía muy bien que digamos, el viento se había llevado lo
que quedaban de mis veinte y traía el frío, y eso sumado a un poquito
de lágrimas, no te digo que fuera la mejor combinación.
Pero tu sonrisa fue tan cálida, tan amiga, tan reconfortante que ahí
comprendí que era esa la arandela que estaba buscando.
y la voy a llevar siempre conmigo, para mirar esa arandela y darte una sonrisa, donde sea, siempre.
ResponderEliminarTengo ganas de expresar algo acorde con la belleza de esto, (ya sea de las palabras, o la situación, o lo que sea).
ResponderEliminarMejor no embarrarla.
Por este tipo de cosas, es que a uno no le queda otra que quererte.