lunes, 9 de agosto de 2010

compromiso

Un día encontré otra arandela (no era la primera que encontraba, así como tampoco era la primera que levantaba mientras hablaba con vos).
Tenía el diámetro de una moneda, y estaba un poco oxidada. Y como no puedo evitar que cosas así me llamen la atención, la junté y te la regalé.
Quién iba a pensar que después ibamos a ser dos idiotas jugando con la arandela al lado de un alambrado, y que al rato, por tu mala puntería (reconocelo), la arandela iba a quedar solita sola entre el pasto, del lado de adentro del terreno.
Y con qué cara íbamos a mirar a los chiquitos cuando nos ofrecieron pasar a buscarla...
"Ah, ¿esto era?" dijo Darío, al comprender que había trepado el alambrado por un pedacito insignificante de hierro oxidado (insignificancia que intentamos disimular, pero de tan absurda yo creo que nos hundió más).
Y bueno, entiendannos, chicos... somos medio estúpidos a veces, nosotros, los grandes.

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